
He aquí un subgénero de la raza humana muy particular: el hombre empanada. ¿Por qué estoy profundizando en el hombre empanada y no, por ejemplo, en el hombre-muñeco de parque de diversiones? La razón es simple. Si sos muñeco de parque de diversiones, a lo mejor podes subirte a algún juego, ligar algún que otro pochocho y hasta encontrarte algún ticket y canjearlo por una versión plástica de de lo que estás disfrazado. Pero seamos francos, ¡¿Quién quiere ser un hombre empanada?!
Empecemos por como se llega a ser un hombre empanada: Estás buscando laburo, te querés comprar una bici o necesitas plata para pagar los apuntes universitarios. El tío de un amigo acaba de poner una casa de empanadas y está contratando gente para sacarla adelante. En una, vas a una entrevista para que ver que onda y te encontrás con que no sólo no vas a ser el repartidor del segundo turno, sino que tampoco vas a atender a los clientes ni a limpiar el local. El trabajo que te ofrece este tío de un amigo –y al que no podes despreciar por ser justamente el tío de un amigo- es el de hombre empanada. Y cuando te querés dar cuenta, no sólo aceptaste el trabajo sino que también te ofreciste para trabajar el sábado a la mañana.
Veamos ahora en que consiste este raro trabajo. La labor en sí no es jodida; lo único que tenés que hacer es calzarte el disfraz, pararte en la esquina del negocio y encargarte de que cada persona que pase por ahí se lleve un volante con las variedades, precios y novedades del local. La cosa se acompleja cuando el disfraz te queda chico y es el único talle, cuando hace 40ºC y vos seguís “empanadado” mientras te suda todo el cuerpo, cuando pasa una mina que está buenísima y cuando la estás por encarar recordás que estás vestido de empanadita de jamón y queso. Se acompleja aún más cuando te pica la entrepierna y no te podes rascar, no sólo porque quedaría sumamente ordinario, sino porque el disfraz está especialmente diseñado para que te llegue hasta el tobillo. Y ni hablar de cuando te reconoce algún amigo o familiar que desconocía tu nueva profesión. Ahí si que desearías no haberte metido en toda esa “masa” de ser un hombre empanada. Porque no hay nada de malo en que te vean vendiendo rosas en la estación, ni en que te encuentren haciendo malabares en un semáforo. Pero de ahí a que te reconozcan de carne suave, es otra cuestión.
Dejando de lado los pro y los contras de la profesión, me gustaría que hagamos especial hincapié en un asunto de suma relevancia para cualquier empleado: el ascenso. Desde que el mundo es mundo los oficinistas se hacen luego de un tiempo gerentes, los enfermeros doctores y los piqueteros políticos. Es así como funcionas, o deberían funcionar, las cuestiones jerárquicas entre trabajadores. Sin embargo, no sucede lo dicho en el oficio que ocupa este ensayo. El trabajador no asciende de hombre de las empanadas a repartidor o a atención al cliente, sino que asciende de empanada de humita a empanada de carne suave. Y no sólo eso, sino que para finalmente “jubilarte” del disfraz tenés que pasar por todas y cada una de las variedades de empanadas, ya sean fritas o al horno.
Y si, ser una empanada de avenida no es fácil. Hablando mal y pronto, se necesitan huevos. No, no dije que su empanada es de huevo señora. Quise decir que no cualquiera puede hacerlo sin estar al horno con el jefe. No señora, ya se que sus empanadas no son al horno, quise decir que…
Paula Ondina (sí, Ondina) Sabatés